Empieza a ponerse el sol y la temperatura es cada vez más agradable.
Es una lástima, pero no he tenido tiempo de quedarme en el mirador de la kasbah para contemplar la puesta de sol. Y eso que habíamos encontrado un sitio, lujo extraño a esas horas de la tarde en que Rabat palpita y oleadas de gente recorren la ciudad vieja sin rumbo aparente.
Chilabas de colores, pañuelos, atuendos occidentales. Todo se mezcla. Crisol de pieles morenas.
Salimos atravesando la medina en dirección a una calle en la que tomar un taxi. De nuevo esa batalla de olores que pugnan por tomar la delantera: los dulces, las carnes cocinadas en plena calle, el tenue olor del cuero ya trabajado, la comida de alguna casa de la zona. Y sobre todos ellos, de tanto en tanto, un repugnante olor a pescado, a excrementos de aves vivas.
Salimos atravesando la medina en dirección a una calle en la que tomar un taxi. De nuevo esa batalla de olores que pugnan por tomar la delantera: los dulces, las carnes cocinadas en plena calle, el tenue olor del cuero ya trabajado, la comida de alguna casa de la zona. Y sobre todos ellos, de tanto en tanto, un repugnante olor a pescado, a excrementos de aves vivas.
Ahora las frutas, las especias de mil colores, la platería y el sastre. Un centro comercial milenario en el que según va cayendo la tarde se hace cada vez más difícil caminar.
Miradas.
Miradas que van y vienen. A todos, entre todos.
Ellos miran. Nos miran a nosotros, exóticos entre la multitud. Las miran a ellas.
Ellas miran también. Con mayor disimulo. Cuchicheando, cogidas de la mano. Risas furtivas.
También miradas reprobatorias, duras. Sólo miradas. Nada más, pues nada más puede verse tras el velo que les cubre el rostro. Son muy pocas, aunque, según dicen, cada vez son más.
Salimos por fin de la medina. El tráfico es denso y caótico, la gente cruza por cualquier parte y los coches no pitan para que la gente se aparte, asumen al peatón como uno más de los participantes y le avisan de su presencia. Muchos muertos en carretera. Bicicletas que se caen a pedazos. Motocicletas desvencijadas. Un carro.
Por fin un "petit taxi", uno de esos destartalados coches azules que, a pesar de lo que sugiere su aspecto exterior, cuentan con un parquímetro. Le indico la dirección y parece saber a donde va. Ya me percato luego de que no es así, y soy yo quien ha de guiarle. Me dicen que quizá me engañaba, pero no lo creo. No podría decir por qué, pero tengo esa sensación. Al fin y al cabo, sólo yo estaba allí.
Tengo una cita. Es importante. Mi primer hammam. Un lavado completo, una renovación entre vapor de agua, en manos de una mujer entrada en años que a pesar de haber vivido en Tetuán no habla apenas español. Pero lo intenta. Yo trato de comunicarme en mi limitado francés, pero parece que tampoco éste es uno de sus puntos fuertes.
Shana tiene unos brazos fuertes, las piernas delgadas y una sonrisa tierna en su cara arrugada prematuramente. Es amable y me dice que todos los jóvenes quieren irse a España. Me pregunta si me gusta Marruecos y le digo que sí, mucho. Sonríe complacida.
La conversación no hace, sin embargo, que pierda el vigor en los movimientos. Con su guante de fibras sobre mi piel una y otra vez, de una lado y de otro, de costado, en el cuello. Retira las células muertas de la piel para ponerme uno de esos potingues de olor delicioso hechos de almendras y quién sabe qué otras cosas. Me lava con jabón, me ordena que me ponga bajo la ducha. Yo obedezco como una niña pequeña, maravillada por la experiencia, relajada.
Salgo de allí como nueva, con la promesa de regresar en mi próximo viaje. Un petit taxi para ir al hotel. Esta vez es directo y más entretenido. El conductor es amable y me cuenta que ha vivido un año en España desde 1990 a 1991. No sabe una palabra de español. Trabajó con otros marroquíes recogiendo tomates y otras verduras. Me dice que le trataron bien, que en España no son racistas. Yo le digo que no es cierto. Que racistas hay en todas partes. Es increíble lo que dan de sí unas pocas nociones de fracés cuando de verdad quieres comunicarte con alguien. Charlamos hasta que me deja en el hotel, donde he quedado para ir a cenar una deliciosa pastilla y probar la carne de camello.
Creo que me he enamorado.
10 jardineros comentan:
Que suerte!!! Bienvenida al club.
¡¡se te echaba de menos!! ¡¡ bienvenida!!
Tengo todos y cada uno de los detalles, olores y colores que mencionadas absolutamente vívidos en mi memoria después de mi reciente viaje a Marruecos. Entiendo esa fascinación, comparto ese amor. ¿por qué no montamos algo por allí y nos retiramos todos del mundanal ruido?
Freeke, por favor, te me vas aprendiendo la receta del Tajin y del Kefta y nos das un homenaje un día de estos...
Colette, que no es lo mismo, que lo sé, pero en el Hamman de Atocha un sujeto llamado Hamed te da unos masajes con guante de crin que lo flipas.
Salut Colette!!
Heureusement tu es de retour. Un blog comme le tien, ne peut nous manquer!!
Alors, ça a été ton "hamman"??
j'suis jaloux!! ;)
merci bien pour ton retour!
Pedro le prof de français `a MAdrid
qué bonito es el amor !!! :-)
Queriditos, es que Marrueco es estupendo!!!-
Me ha gustado la gente, la comida, el calorcito...todo.
La cosa es que he ido por trabajo, así que me he prometido regresar para pasar unas vacaciones y poder visitar Fez, Marrakech, Essaouira y otros sitios que me han recomendado.
GRacias a todos por las bienvenidas. La cosa es que me ha gustado tanto que no podía dejar de escribir un post sobre ello.
Besos
Bienvenida de nuevo!!!!
Esto merece una celebración...y olé por Marruecos, debe de ser estupendo, sobre todo si hizo que te animaras a contárnoslo.
Besos
See Please Here
Guelcome baaaaaaaaaaaak!!!!
Chica, qu'e alegria nepali verte escribiendo otra vez, oye!
Me muero por ir a marruecos, a ver si nos podemos escapar pronto!
Pedro, que alegria verte a ti tambien!!!!
Nena, yo tengo que volver a Marruecos pronto...a ver si organizamos algo.
En octubre (un poco tarde) empiezan mis clases de francés, que lo tengo olvidadíiiisisisisisimo y aunque entiendo bastante, mi comunicación es un poquito lamentable.
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