Llegué a pensar que estaría allí para siempre. Como todos ellos, los personajes del libro de mi vida.
Pero me traicionaron. Algunos ya se han marchado y otros más lo harán.
Se marchan y me dejan un vacío y una caja de recuerdos que intento atesorar y disfrutar de vez en cuando, como si releyera un antiguo diario que hace tiempo que no hojeo.
Tenía las piernas torcidas y, como la protagonista de la canción de Sabina, la lengua muy larga. El tono altanero y un tanto socarrón que te daba la razón sonriendo para hacer luego todo lo contrario.
Tenía las piernas torcidas y, como la protagonista de la canción de Sabina, la lengua muy larga. El tono altanero y un tanto socarrón que te daba la razón sonriendo para hacer luego todo lo contrario.
La recuerdo siempre mayor, con esas horribles batas oscuras y sin mangas y una sonrisa en los labios. Porque sabía reir. Se reía de todos y de todo, haciendo en todo momento lo que le daba la gana. Hasta el final.
Cuando el barrio en el que vivía empezó a despoblarse, las casas abandonadas, casas centenarias colmadas de recuerdos y humedad, recibieron a sus nuevos inquilinos. Aquellos fantasmas todo piel y huesos, presos de unas jeringuillas que acabaron con ellos poco a poco. Recuerdo que ella les arengaba, intentaba darles consejos y verlos salir de allí. No tenía miedo ni prejuicios. Y se acercaba a ellos con ternura para llevarles algo de comer. Y les llamaba hijo (fiu) y se preocupaba por ellos.
Cuando el barrio en el que vivía empezó a despoblarse, las casas abandonadas, casas centenarias colmadas de recuerdos y humedad, recibieron a sus nuevos inquilinos. Aquellos fantasmas todo piel y huesos, presos de unas jeringuillas que acabaron con ellos poco a poco. Recuerdo que ella les arengaba, intentaba darles consejos y verlos salir de allí. No tenía miedo ni prejuicios. Y se acercaba a ellos con ternura para llevarles algo de comer. Y les llamaba hijo (fiu) y se preocupaba por ellos.
O bueno, quizá prejuicios sí tenía, los prejuicios de una guerra que conoció siendo una niña y que la llevó a buscar comida entre la basura de una Asturias comunista que no quería que sus hijos fueran a la iglesia.
Prejuicios sí tenía. Y también tenía un hermano minero, picador y republicano y una hermana, casada con un niño bien y que, no obstante, paraba trenes poniendose en mitad de las vías y pintaba a su perro de verde.
Recuerdo el olor a humedad de la casa, la cocina antigua de metal, las escaleras empinadas y el crujido de la madera vieja. Recuerdo la leche fresca y el pan con mantequilla que comíamos en la cocina cuando íbamos de vacaciones. Recuerdo aquellos armarios llenos hasta el absurdo de productos básicos como el azúcar, la sal, el aceite; aquellos que primero le faltaron durante la guerra que con tanta amargura recordaba. Y el miedo que le daban las culebras que, según decía, poblaban el prado tras la casa, siempre empinado y verde, siempre fresco y lleno de flores. Yo nunca las ví, pero su misma ausencia tambié forma parte de mis recuerdos.
Echo de menos aquella vieja casa y echo de menos a sus inquilinas, que desaparecieron al poco tiempo de desaparecer aquélla. La que fue siempre su casa, compartiendo acera con la estanquera y la portuguesa, con María Jesús; y con aquellas mujeres de mal vivir (muyeronas recuerdo que las llamabas) que vivían un poco más arriba, en la casa azul que también ha desaparecido, como todo lo demás.
Ahora todo aquello solamente existe en nuestros recuerdos pero, cuando nosotros desaparezcamos, ¿quién los guardará?
Recuerdo el olor a humedad de la casa, la cocina antigua de metal, las escaleras empinadas y el crujido de la madera vieja. Recuerdo la leche fresca y el pan con mantequilla que comíamos en la cocina cuando íbamos de vacaciones. Recuerdo aquellos armarios llenos hasta el absurdo de productos básicos como el azúcar, la sal, el aceite; aquellos que primero le faltaron durante la guerra que con tanta amargura recordaba. Y el miedo que le daban las culebras que, según decía, poblaban el prado tras la casa, siempre empinado y verde, siempre fresco y lleno de flores. Yo nunca las ví, pero su misma ausencia tambié forma parte de mis recuerdos.
Echo de menos aquella vieja casa y echo de menos a sus inquilinas, que desaparecieron al poco tiempo de desaparecer aquélla. La que fue siempre su casa, compartiendo acera con la estanquera y la portuguesa, con María Jesús; y con aquellas mujeres de mal vivir (muyeronas recuerdo que las llamabas) que vivían un poco más arriba, en la casa azul que también ha desaparecido, como todo lo demás.
Ahora todo aquello solamente existe en nuestros recuerdos pero, cuando nosotros desaparezcamos, ¿quién los guardará?
8 jardineros comentan:
De momento, se quedan en tu blog.... quien sabe si alguien alguna vez recogerá trozos de aquí y de allá y hará una biblioteca virtual perenne e ilimitada....
No sé si yerro al decirte un "lo siento". Mi buena intención ahí queda. Tu bellísimo relato, también.
No yerras Fi, gracias. Hace algún tiempo que pasó, pero como dice youngblood, quiero guardar algunos de mis recuerdos aquí.
Tengo algunos familiares tan excéntricos como interesantes a la hora de escribir sobre ellos. O al menos a mí me lo parecen.
Iré contando...
El episodio Mónica Randall lo constata, querida Colette. Un beso enorme.
En la novela que pronto publicarás y que te dará éxito y reconocimiento mundiales.
Faltaria más.
See Please Here
Kaixo jatorra.
Me acabo de terminar Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute y hacía tiempo que no leía algo tan bonito y que disfrutaba tanto de un auténtico y largo cuento y te creía out de todo esto y veo que eres algo parecida a mi en tus apariciones y desapariciones ( no en lo enrevesado en lo que soy inigualable) y quiero descansar este puente y efectivamente se puede hojear u ojear y es importante la vaga esperanza de recuperar algo que se creía haber perdido y sólo de tan frágil materia esta hecha la vida: de imposibles recuperaciones, de imposibles regresos y de imposibles comienzos.
tu en tus preciosos relatos!!!
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