30 de marzo de 2010

INOCENCIA

Caminaron siguiendo la estrecha carretera. A la derecha, saliendo del pueblo, se abría un camino ancho que ascendía, pedregoso, hacia el monte.

-Ven un momento, que voy a coger agua- dijo la abuela.

La abuela soltó a la niña de la mano y se acercó al canal de riego. Se agachó con sorprendente agilidad y llenó de agua el cubo de plástico azul.

La mano de la abuela dejó de ser rosada. Ahora era roja y blanca por el peso de toda aquella agua sobre un asa de hierro tan fina, impidiendo la circulación.

-Vamos -dijo la abuela.

Cruzaron la angosta carretera y comenzaron a subir por el camino. Era muy empinado, pero la abuela parecía no notarlo, ni siquiera resoplaba. De vez en cuando se paraba en un recodo del camino y, sin soltar el cubo, se daba la vuelta para asegurarse de que la niña la seguía.


Ella miraba fascinada el cubo azul, rebosante de agua, que se movía de un lado a otro a cada paso de la abuela, soltando pequeñas gotas que se perdían en el suelo. La niña pensó que si el camino fuera muy largo, todo el agua se perdería, y el esfuerzo de la subida con ese peso no habría servido de nada.


Al cabo de un rato llegaron por fin. Dos construcciones anexas de piedra caliza amarillenta e irregular que formaban una ele. En la grande, a través de la puerta de malla, se podía ver a las gallinas paseando de un lado a otro de su pequeño patio, algunas entrando a la zona cerrada en que se guardaban por la noche para evitar el ataque de los zorros. En la pequeña, una puerta de madera casi de juguete, como de lilitupienses, impdía ver nada.

La abuela dejó el cubo junto a la entrada del gallinero y se acercó a la puerta de madera de la construcción más pequeña. La abrió y un horrible olor atacó a la nieta de lleno. La niña era extremadamente sensible a los olores, pero era aún más curiosa y, tapándose la nariz, hizo el amago de asomarse. Cientos de pequeños ojos la observaban desde la oscuridad, mientras se oía el repiqueteo de la carrera alocada de cientos pequeñas patas. Levantaban polvo, levantaban el olor de sus propias heces. La niña sacó la cabeza y arrugó la nariz conteniendo las ganas de vomitar.

La abuela la apartó. - Qiuita, déjame un momento.- Y metió medio cuerpo en la caseta, para volver a salir con un conejo agarrado por las orejas que las miraba asustado y pugnaba por liberarse. La niña sonrió y la abuela le acercó el conejo para que ella lo acariciara. Era gris muy claro, casi plateado y su pelo era muy suave, mullido, con la tripa blanquita y el hocico, que movía sin cesar, sonrosado y frío.

La abuela mantenía el conejo agarrado por las orejas para que no escapara, pero dejó a la niña jugar un rato más. Luego, se levantó y, tras cerrar la puerta, se levantó con el conejo en la mano y abrió la puerta del gallinero. La niña la siguió. Intentó llevar el cubo de agua al interior del gallinero, pero no pudo levantarlo y lo dejó en la puerta. La abuela no estaba mirando, y parecía buscar por el suelo algo que hubiera perdido. Parecía que lo había encontrado cuando agarró al conejo por las patas traseras y, cabeza abajo, se agachó para, nada más levantarse, golpear la nuca del conejo con una piedra.

La niña miraba sin comprender. El conejo colgaba boca abajo sin moverse, como un pelele, con la cabeza oscilando de un lado a otro y unas gotas de sangre en su pelo suave.

La abuela no se dio la vuelta siquiera. Dejó el conejo en el suelo y empezó a guardar las gallinas.

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