Solamente son dos horas de vuelo y, aunque salíamos con cierto retraso por restricciones en el espacio aéreo británico (Bush, I HATE you), no me planteaba un viaje pesado.
Primera en la frente.
A mi lado se sienta una especie de "Marcos" (veanse los posts inmediatamente anteriores sobre Laura) con un enorme libro en inglés sobre nuevas aplicaciones de dispositivos móviles o algo por el estilo. Sé que es Marcos porque tiene cara de cansado, algo sudoroso y con unos kilos de más, subrayando su libro con una regla para que las líneas sean perfectas.
Utilizar una regla cuando se está sentado en un asiento central de avión de iberia clase turista, es un desprecio total por el confort ajeno, por la integridad de sus costados frente al acoso del codo subrayador.
Pero "mi Marcos" no tenía consideración alguna por la chica con pinta de estirada y papeles coñazos sobre temas legales sentada a su lado, no, Marcos a lo suyo.
Me deshago por fin de Marcos y llego a un Londres cálido y soleado del que solamente voy a disfrutar un día y medio. Menos mal que, nada más salir del aeropuerto comienza, en todo su esplendor, la experiencia londinense. Subir en un taxi en Londres es una experiencia inolvidable. Primero, por el golpe que recibe tu presupuesto. Segundo, por el propio taxi en sí. Londres tiene una ordenanza que data del s. XVII (creo, en esta fecha no soy nada fiable) que dispone la altura interior que deben tener sus carruajes, y que no es otra que la correspondiente a la altura media de un hombre sentado con su sombrero puesto. He ahí la causa de esa forma tan mona que tienen los taxis en Londres y que hace que las personas con sombrero vayan tan agustito y los que no lo llevamos también, porque el espacio interior para estirar las piernas es enorme dado que no hay maletero. Las maletas se las pone el señor conductor a su ladito.

Al módico precio de 55 pounds (unos 70 euritos) nos lleva hasta nuestro hotel junto a Hyde Park y Notting Hill. No puedo evitar sufrir esa conducción contrariada de los ingleses que hace que cruzar una calle sin ser atropellado sea un milagro.
No deja de sorprenderme lo pintoresca que resulta esta ciudad, con sus enormes parques y sus casas estrechas, con sus cabinas rojas y sus policías con casco elevado (debe ser para dar la talla en el interior del taxi). Y me pregunto por qué nos empeñanos siempre en lo mismo, siempre París, cuando hay otras ciudades europeas que a mi modo de ver pueden ser tan o más interesantes y bonitas que la ciudad de la luz eléctrica.
A la mañana siguiente tenemos una aburrida reunión a la que asistir en las inmediaciones de la Abadía de Westminster. Hace un tiempo primaveral y el cielo está despejado, pero yo solamente puedo verlo a través de las ventanas del gran centro de conferencias en el que nos tienen recluidos y al que hemos llegado tarde por culpa de nuestro transporte, el metro.
El metro en Londres es lento (se podría decir que lentísimo, en esto París es la gran triunfadora) y, como no podía ser de otra manera, caro. Cada viaje de metro cuesta 4 libras (algo más de 5 euros), por lo que sale mucho más barato un "bono de día", que vale para autobús y metro y que te suministran por el módico precio de 6,80 libras (8,5 euros).
Desde mi punto de vista, viajar en metro en las ciudades europeas te da la medida de las cosas, sobretodo cuando viajas en las horas punta. En Londres los coches que circulan por el centro son, por lo general, cochazos. Los cochazos que se pueden permitir el lujo de hacerlo, en definitiva, pero en el metro se ve un poco a todos los demás mortales. Resulta extraño comparar a los guiris sonrosados y mal vestidos de nuestras playas con todas esas personas serias, trajeadas y, por lo general, con un aspecto que no cumple los parámetros de mi idea del "look inglés". Supongo que la liberación vacacional tendrá algo que ver con el cambio. O puede que la causa sea que no tienen costumbre de vestir para ir a la playa, para pasar calor, y por eso lo hacen tan mal. O puede ser que el viaje se me hiciera tan largo que me pusiera a pensar en idioteces.
Al respecto de la reunión poco os puedo comentar...o bueno sí, que terminó a las 17:30, que no nos dieron el té de las cinco, que a mi lado estaba sentada una sudafricana con pañuelo en la cabeza y blakberry en la mano escondida bajo la mesa y que llevaba un cartelito con mi nombre como si estuviera en una reunión del tupperware (siempre me hacen lo mismo y lo ODIO)
Tras la reunión, nos habían preparado una recepción en el Palacio de Saint James, pero esa, es otra historia (mucho más interesante que la de la reunión, por cierto), y la dejo para mañana.